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viernes, 26 de septiembre de 2014

Ser cristiano en el siglo XXI (primera parte)


Si hiciésemos una encuesta sobre la creencia entre los individuos descubriríamos que, y en su mayoría, la especie humana asegura creer en algo superior, un ser que, de una u otra manera afecta en su vida, aunque no sepa definir de qué manera ni cómo; un ser que, aunque esté cercano, existe más allá de su comprensión, que lo abarca todo; pero que habita dentro de sí. Otros dirán sencillamente que no creen en un ser superior de características divinas, que no es más que una creación del hombre y para atenuar, en lo posible, su miedo a la finitud.
Ser cristiano en este siglo que nos toca implica la necesidad de hacer frente a demasiados prejuicios creados por el supuesto enfrentamiento entre la llamada razón científica y la fe humana. Todas las creencias intentan ser rebatidas por el pensamiento; ¿El motivo? No se necesita un verdadero motivo cuando se procura consolidar, sobre supuestas y sólidas bases, la estupidez humana. Estupidez que recita, y con la misma fe de un creyente: ¡Dios ha muerto y todos deben saberlo!
Creer es un acto de fe y va más allá de la razón de cualquiera, se cree o no y a pesar de lo lógica o ilógica que pueda parecernos esta creencia e indistintamente de ser verdad o no. Si bien creer es un acto de fe, no tiene que carecer de sensatez ni ser cuestionado por la falta de realidad necesaria. Creer en un dios pato (ponga aquí la figura que se le ocurra) redentor es posible, pero no es intelectualmente lógico, crea un conflicto entre nuestra fe y nuestra inteligencia y ese debe ser el primer planteo de nuestra razón.
Sabemos por el relato bíblico que Dios se hizo hombre, y con todos los atributos de la humanidad, al nacer físicamente de una mujer, esto sucedió en un determinado lugar del mundo y en una fecha específica ¿Es posible probar la historicidad de este relato? Definitivamente sí, Jesús es un ser histórico y de Él dan testimonio creyentes y no creyentes contemporáneos a este período y también de años posteriores, aunque cercanos en el tiempo; los testimonios anteriores son proféticos y se encuentran en las escrituras. ¿Era realmente el hijo de Dios o sencillamente un hombre justo con nobles ideales? Aquellos que convivieron con Él no dudan de su identidad divina; pero por el momento tengamos nosotros ciertas reservas sobre este asunto, seamos un poco incrédulos; la fe sirve para correr los montes de lugar, pero la razón nos puede ayudar a saber hacia donde queremos que se muevan. Dios quiso, desde la fundación del mundo, hombres y mujeres pensantes; de no ser así, no nos hubiese creado a imagen y semejanza suya.
Un dios con cuerpo humano es posible, Jesús es Dios y aún hoy, aunque revestido de la gloria propia de su linaje celestial, lleva el cuerpo con el que anduvo por estos lares. ¿Pero un cuerpo humano con cabeza de halcón, de chacal, de toro o tigre bengalí o elefante indio?
Gustos son gustos, decía una tía mientras echaba vinagre al frasco de miel.
Son representaciones artísticas, dirá alguno; es una figura del poder que maneja. Realmente prefiero un Dios Todopoderoso que haya creído conveniente el sacrificio de la cruz para salvación nuestra.
¿Pero por qué mi creencia es la correcta y no la de cualquier otro individuo que crea en algo distinto a lo que yo?
La historia que podemos leer en la Biblia nos enseña que más tarde o más temprano los individuos de la tierra (la conocida durante aquel lejano período, desde el momento que Jehová se manifiesta a Abraham y le promete que su descendencia sería tanta como las estrellas que veía en el cielo) debieron inclinarse ante el Dios del pueblo de Israel, que a fuerza de batallas y conquistas se habría paso hasta la tierra prometida, y reconocerlo como Dios sobre todos los demás dioses conocidos, incluso los de sus propias religiones; pero a fuerza de garrote yo mismo podría cambiar de opinión. Otros pueblos creyeron por convicción, reconociendo abiertamente que Jehová era Dios por haber sido testigos de sus manifestaciones de poder, y más tarde, hasta el día de hoy, fue el testimonio de su hijo, Jesús, el que hizo que muchos creyeran, dejándonos tras su ascensión al padre, la tarea de ir y hacer discípulos por toda la tierra.
¿Esto cambia la opinión de cualquiera que tuviera un dios diferente al nuestro sobre la verdad?
La respuesta será un concluyente no. Pero la convicción de una creencia no debería dárnosla únicamente nuestra fe, eso le da posibilidades al dios pato redentor del que hablé antes o a cualquiera de los millones de dioses en los que lamentablemente el hombre cree.

Un Dios obrador de maravillas
El Dios en el que creo tiene la capacidad de hacer grandes cosas, algunas realmente grandes, tanto como el vasto universo donde la tierra tiene su habitación, también otras que de tan pequeñas no pueden ser observadas a simple vista, como todos esos átomos que forman las moléculas, y que no son más que la mínima expresión de esa sustancia con las que fue construido todo lo por Él creado y da identidad a lo que existe.
Aun tomando esta afirmación mía como una creencia personal no habría en ella menos verdad de la que se pretende encontrar en cualquiera de las teorías existentes con la que se busca dar respuesta a todo lo que todavía se ignora. Pero una teoría no deja de ser una suposición hasta el momento de ser confirmada; ¿Pero como nos podemos acercar a la confirmación de una teoría? Por los posibles indicios que prueban la verdad de lo propuesto en ella, por la observación de los resultados a los que conduce recrearla o por la confirmación incuestionable que puede darnos el paso del tiempo.

Comenzando con la búsqueda desde el principio
Génesis 1:1Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. (R-V c)
La ciencia nos enseña que el universo tuvo un alejado comienzo, también que el hombre fue la obra cumbre de la vida manifiesta. Vaya cosa, de Dios, el hombre fue la última expresión de su creatividad antes del descanso del séptimo día.
 Génesis 1:26 Entonces dijo Dios: ¡Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza! ¡Que domine en toda la tierra sobre los peces del mar, sobre las aves de los cielos y las bestias, y sobre todo animal que repta sobre la tierra! (27) Y Dios creó al hombre a su imagen. Lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó. (R-V c)
… cayó la tarde, y llegó la mañana. Ése fue el día sexto. Concluye el verso 31 de este capítulo.
En medio se amontonan demasiadas y conocidas teorías que parecieran solamente querer quitar de delante nuestro el poder creador de Dios hecho palabra por otra palabra menos exigente: Casualidad; y fue, según estos expertos teorizantes, esta misma casualidad la que dio origen al vasto universo, con sus muchas galaxias pobladas de estrellas, planetas, satélites y asteroides, siendo además, la responsable de dar distancia a todas las órbitas y propulsión a todo el conjunto para hacerlos bailar el perpetuo vals que baila a través del espacio sideral. Fue la que formó los océanos de la tierra y sembró en medio del agua la semilla de la no vida en el llamado caldo primigenio que después el tiempo se encargaría de cocinar, entonces dio vida a lo que hasta ese momento no la tenía y esta vida, aprovechando el estar en el agua, y para no ahogarse, decidió ser pez, hasta el momento que, cansada de vivir en el mundo líquido convirtió branquias en pulmones y se propuso salir a la seca superficie de la tierra junto a otra muy afortunada y necesaria casualidad, una pareja, elemento insustituible a la hora de reproducirse en pos de la familia y para continuar evolucionando en otras nuevas y más avanzadas especies.
Sucede que Dios tiene menos posibilidades que la próspera y eficiente casualidad, ella todo lo puede, además es invisible, eterna, inmortal, poderosa y es… ¿Tan parecida en sus atributos al Dios que niegan? Imposible, suponer la existencia de un ser superior detrás de todo esto es un disparate; ¡Paparruchas! Diría el viejo Scrooge. Bien sabido está: El hombre procede de un simio un poco más avispado que el resto de la parentela que le tocó en suerte (y de su simiesca y despabilada pareja), el universo fue creado por los efectos resultantes de una gran explosión originada en medio de la mismísima nada, la vida se formó espontáneamente en medio del inmenso e inanimado caldo primigenio y fue mutando de manera selectiva (aprovechando la inteligencia de la casualidad) hasta llegar a ser todo lo que conocemos vivo, incluso nosotros; todo tiene que ver con todo, dijo alguien y después hizo un largo silencio creyendo que había dicho algo inteligente.
Todo esto podemos resumirlo a una muy pequeña porción del primer capítulo del libro del Génesis.
El verso 31 de este primer capítulo dice:

Y vio Dios todo lo que había hecho, y todo ello era bueno en gran manera.
Hasta la próxima entrega, bendiciones.

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