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viernes, 27 de marzo de 2015

Oíd pueblo esta, mi visión

Yo, el ungido, profeta y apóstol por revelación directa del Señor, dormía, cuando una poderosa voz (semejante al ruido de cuando se viene abajo una estantería repleta de platos y ollas), me llamó por mi nombre; sobresaltado desperté, no sé si por la voz que me había llamado o el barullo de tantos platos y ollas caídos junto con la estantería. A los pies de la cama vi a uno semejante a un ángel esplendoroso, lo sé porque se parecía demasiado a uno de esos ángeles pintados por Rafael, El Greco o Botticelli.
— ¿Quién eres tú? —pregunté restregándome los ojos y después de bostezar— No son horas estas de aparecerse así como así a los pies de la cama de nadie.
El alguien semejante a un ángel, sonrió.
—Si quieres manda a que me vaya, pero te quedarás con la duda del motivo de esta, mi sobrenatural aparición…
—Habla, ya me has despertado con el ruido de tu voz, y soy de difícil dormir.
—No tanto, tres veces debí decir tu nombre, y la última vez gritando más que las anteriores.
— ¡Ya, ya! ¿Acaso has venido a juzgar a este buen siervo del Señor?
—No me atrevería a abrir juicio contra ti, esclavo único de la obra santa, tu fama es conocida por todos en las alturas —dijo ese alguien semejante a un ángel en tanto caminaba desde los pies de la cama hasta mi lado; extendió la mano y agregó—. He venido para hacerte ver lo que muchos quisieran y no les es permitido; tienes el privilegio de haber sido escogido entre todos ellos. Ahora toma mi mano, aquí comienza un viaje que nunca olvidarás. A partir de hoy y por siete semanas vendré y te enseñaré cosas que hombre alguno vio ni escuchó jamás; ocúpate de escribir estas visiones y al final, publicarlas en un libro de tapa dura y a un precio que te sea redituable.
—Ahora me doy cuenta que eres un ser sobrenatural; me conoces demasiado bien.
El ángel, porque sí era un ángel, me trasladó en un abrir y cerrar de ojos a un lugar entre las nubes, desde allí todavía podía ver la tierra.
–– ¿Qué es este lugar? —pregunté.
— ¿Acaso no lo reconoces? Una nube —dijo.
Dicho esto comenzó a arrancar copos de nube y a comerlos con avidez.
—Es que las nubes de esta parte del universo son deliciosas —se justificó—. Una tentación para cualquier goloso que baja muy de vez en cuando; deberías probar un poco —añadió, ofreciéndome el resto del copo que le quedaba en la mano.
Rechacé la invitación con un gesto de la cabeza (y un pensamiento que no puedo reproducir).
—Te lo pierdes —señaló, encogiéndose de hombros y la boca llena de nube.

Un poco después, satisfecho en su glotonería y después de limpiarse las manos con los lados de la túnica, tomó nuevamente mi mano y continuamos con el viaje, y en un segundo abrir y cerrar de ojos estuvimos allí, delante de una enorme puerta de oro macizo.
—Esta es la puerta —señaló, mientras la señalaba con el dedo— y este el picaporte —añadió mientras lo asía y accionaba.
Por un momento sentí que se burlaba de mí, un poco después pude confirmarlo.
—Y por este hueco de la puerta abierta debemos entrar — habló esforzándose por no reír.
Lo miré, entonces el ángel, seguramente avergonzado, se apartó a un lado y con un gesto de la mano me invitó a pasar.
—Estamos es el Paraíso —dijo.
Un enorme cartel con leyendas en todos los idiomas y multicolor confirmaba lo que el ángel me había hecho saber; Bienvenidos al paraíso leí, buscando entre todas las lenguas la mía. Detrás del cartel, lo que tenía la apariencia de una nube, me impedía ver que había más allá y junto al cartel, protegido por una sombrilla, sentado sobre una silla construida con perlas y diamantes y detrás de un escritorio con muchos pergaminos y papiros, había otro ángel, ocupado en firmar y enrollar cada papiro y pergamino; y según lo creía conveniente, los ataba con una cinta de oro o sellaba con lacre. Mi ángel tosió llamando la atención del otro ángel.
—Perdón, estaba distraído, es que con tanto trabajo cualquiera se distrae —miró a mi ángel, y a mí torciendo la cabeza como si me estuviera estudiando, un poco después declaró frunciendo la nariz—. ¡Este no está muerto!
—No todavía, lo he traído de visita —respondió mi ángel.
El otro, entonces, abrió un cajón del escritorio y de allí sacó una tarjeta de identidad que me extendió después de completarla con mis datos.
—Cuélgala sobre el bolsillo de la chaqueta de ¿tu pijama? ¿Y con figuras de ositos? —rió.
Ignoré la burla, me colgué la credencial y esperé a que mi ángel dejara de hablar con otro que había traspasado la puerta un momento atrás y en compañía de lo que sospeché, era un alma recién desencarnada, ya que miraba hacia todos lados sin entender donde se encontraba. Le señalé el cartel de las bienvenidas y eso pareció tranquilizarla.
—Vamos —dijo después de la charla.
Mientras caminaba y de curioso nomás, vi como el ángel y el alma se acercaban hasta el ángel del escritorio, no alcancé a oír lo que hablaban, pero vi como el ángel del escritorio, abriendo un cajón sacaba una enorme pila de pergaminos y las colocaba frente al otro ángel, sobre los pergaminos apoyó una pluma y al lado un frasquito de tinta y le hizo un gesto para que comenzara a escribir.
Traspasamos el velo de la nube y vi el paisaje más bello que ojo humano pudo ver jamás, y desparramadas por todos lados las almas de los fieles, grandes y pequeños, hombres y mujeres, ir y venir manteniendo largas y agradables conversaciones, libres de toda preocupación. Vestían túnicas blancas y sobre sus cabezas coronas, algunas muy grandes que parecían encorvar a quienes las llevaban y otras tan pequeñas que debí mirar con atención para descubrirlas; cientos de ángeles con apariencia de niños y cintas de colores en las manos volaban sobre ellos.
El jardín era extenso, pero tenía fin; más allá vi muchas edificaciones.
— ¿Qué son esos edificios? —pregunté.
—Vayamos allí y que tus ojos lo vean —respondió el ángel, extendiendo su mano hacia mí.
Como en un torbellino me trasladé hasta aquellas edificaciones, eran más grandes de lo que había sospechado al verlas desde lejos.
—Ven y mira —dijo entrando a una de esas formidables construcciones.
Vi un ángel muy alto y de cabellos dorados subiendo una escalera apoyada contra una biblioteca que parecía interminable, llevaba en una de sus manos muchos libros, con la otra se sostenía del larguero. Me sonrió al voltearse y descubrirme en el hueco de la entrada. Colocó los libros en uno de los estantes y dijo a mi ángel algo en una jerigonza extraña; mi ángel le respondió en esa misma desconocida lengua.
—En esta biblioteca se guardan las historias de la vida de cada habitante de la tierra desde Adán y Eva; él las custodia —señaló al ángel de cabellos dorados—, también las redacta con la ayuda de algunos ángeles amanuenses, ellos están aquí, no puedes verlos porque son invisibles, este trabajo debe hacerse en secreto, por algunas vergüenzas que deben escribir.
Se despidió del ángel en el mismo galimatías con el que había hablado al llegar.
—Es lenguaje angélico, él no conoce otras lenguas; nunca ha salido de este lugar, tampoco los invisibles.
Me explicaría un poco más tarde; mientras nos alejábamos de aquella biblioteca celeste.
Entramos a otro edificio, allí había dos ángeles, ambos estaban detrás de un largo escritorio y parecían entretenidos con un pequeño objeto que apenas se adivinaba en la mano de uno de ellos.
— ¡Gloria! —saludó mi ángel.
— ¡Bienaventurados! —respondieron ellos al unísono y con el mismo sobresalto; el que tenía el pequeño objeto en la mano lo arrojó a un lado y lo movió con el pie hasta esconderlo debajo del escritorio.
— ¿En qué podemos ayudarlos? —preguntó, con el rostro todavía ruborizado.
—Creo no ser yo quien necesita ayuda; sigan así y terminaran barriendo las calles de oro y cristal del cielo, o lo que es peor, terminarán confinados al lugar innombrable.
Mi ángel me miró.
—Aquí, se supone, deberían clasificarse las oraciones según procedencia, motivo, necesidad y urgencia; lo triste es que cuando las respuestas llegan tarde o no llegan, no es a estos buenos para nada a quienes echan la culpa.
Salimos de allí y mi ángel continuó hablando.
—Son buenos ángeles, pero se entretienen gastando bromas a otros ángeles y a las almas redimidas del Paraíso.
Mientras caminábamos, vi un edificio más alto que los otros, me sorprendió que no tuviera ventanas ni puertas.
— ¿Qué es aquel lugar? —pregunté con verdadera curiosidad.
— ¿Soportarán tus oídos la respuesta a esta pregunta? —comenzó a decir mi ángel con voz grave—. ¿Puedes entrar a los grandes misterios de este lugar sin ser absorbido por ellos? ¿Quieres realmente escuchar mi respuesta, aun cuando tus sentidos no puedan comprenderla?
—Sí —respondí para sorpresa de mi ángel.

—Debo confesar que no lo sé, estaba allí desde antes de nuestra creación, y como nadie se atrevió nunca a preguntar que era eso; tampoco yo me atreví a hacerlo.
Seguramente no me mentía, se supone que los ángeles no deben mentir; pero tuve la sensación de que su respuesta escondía un secreto demasiado recóndito y antiguo y estaba dispuesto a descubrirlo.
Hasta aquí este interesante avance, para saber cómo continúa mi maravilloso viaje, adquiera el libro “Solamente a mí me podía suceder (Un breve vistazo del Cielo y el Infierno) en su librería amiga.
Y recordad: El dinero bien destinado nunca es gasto sino inversión. (2Rodolfo 63:48)              

                                               El autor 

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