Oíd pueblo esta, mi visión
Yo, el ungido, profeta y apóstol por revelación directa del Señor, dormía, cuando
una poderosa voz (semejante al ruido de cuando se viene abajo una estantería repleta
de platos y ollas), me llamó por mi nombre; sobresaltado desperté, no sé si por
la voz que me había llamado o el barullo de tantos platos y ollas caídos junto
con la estantería. A los pies de la cama vi a uno semejante a un ángel
esplendoroso, lo sé porque se parecía demasiado a uno de esos ángeles pintados
por Rafael, El Greco o Botticelli.
— ¿Quién eres tú? —pregunté restregándome los ojos y después de bostezar—
No son horas estas de aparecerse así como así a los pies de la cama de nadie.
El alguien semejante a un ángel, sonrió.
—Si quieres manda a que me vaya, pero te quedarás con la duda del motivo de
esta, mi sobrenatural aparición…
—Habla, ya me has despertado con el ruido de tu voz, y soy de difícil
dormir.
—No tanto, tres veces debí decir tu nombre, y la última vez gritando más
que las anteriores.
— ¡Ya, ya! ¿Acaso has venido a juzgar a este buen siervo del Señor?
—No me atrevería a abrir juicio contra ti, esclavo único de la obra santa,
tu fama es conocida por todos en las alturas —dijo ese alguien semejante a un
ángel en tanto caminaba desde los pies de la cama hasta mi lado; extendió la
mano y agregó—. He venido para hacerte ver lo que muchos quisieran y no les es
permitido; tienes el privilegio de haber sido escogido entre todos ellos. Ahora
toma mi mano, aquí comienza un viaje que nunca olvidarás. A partir de hoy y por
siete semanas vendré y te enseñaré cosas que hombre alguno vio ni escuchó
jamás; ocúpate de escribir estas visiones y al final, publicarlas en un libro
de tapa dura y a un precio que te sea redituable.
—Ahora me doy cuenta que eres un ser sobrenatural; me conoces demasiado bien.
El ángel, porque sí era un ángel, me trasladó en un abrir y cerrar de ojos
a un lugar entre las nubes, desde allí todavía podía ver la tierra.
–– ¿Qué es este lugar? —pregunté.
— ¿Acaso no lo reconoces? Una nube —dijo.
Dicho esto comenzó a arrancar copos de nube y a comerlos con avidez.
—Es que las nubes de esta parte del universo son deliciosas —se justificó—.
Una tentación para cualquier goloso que baja muy de vez en cuando; deberías
probar un poco —añadió, ofreciéndome el resto del copo que le quedaba en la
mano.
Rechacé la invitación con un gesto de la cabeza (y un pensamiento que no
puedo reproducir).
—Te lo pierdes —señaló, encogiéndose de hombros y la boca llena de nube.
—Esta es la puerta —señaló, mientras la señalaba con el dedo— y este el
picaporte —añadió mientras lo asía y accionaba.
Por un momento sentí que se burlaba de mí, un poco después pude confirmarlo.
—Y por este hueco de la puerta abierta debemos entrar — habló esforzándose
por no reír.
Lo miré, entonces el ángel, seguramente avergonzado, se apartó a un lado y
con un gesto de la mano me invitó a pasar.
—Estamos es el Paraíso —dijo.
Un enorme cartel con leyendas en todos los idiomas y multicolor confirmaba
lo que el ángel me había hecho saber; Bienvenidos
al paraíso leí, buscando entre todas las lenguas la mía. Detrás del cartel,
lo que tenía la apariencia de una nube, me impedía ver que había más allá y junto al cartel, protegido por una
sombrilla, sentado sobre una silla construida con perlas y diamantes y detrás
de un escritorio con muchos pergaminos y papiros, había otro ángel, ocupado en
firmar y enrollar cada papiro y pergamino; y según lo creía conveniente, los ataba
con una cinta de oro o sellaba con lacre. Mi ángel tosió llamando la atención
del otro ángel.
—Perdón, estaba distraído, es que con tanto trabajo
cualquiera se distrae —miró a mi ángel, y a mí torciendo la cabeza como si me
estuviera estudiando, un poco después declaró frunciendo la nariz—. ¡Este no
está muerto!
—No todavía, lo he traído de visita —respondió mi
ángel.
El otro, entonces, abrió un cajón del escritorio y
de allí sacó una tarjeta de identidad que me extendió después de completarla
con mis datos.
—Cuélgala sobre el bolsillo de la chaqueta de ¿tu
pijama? ¿Y con figuras de ositos? —rió.
Ignoré la burla, me colgué la credencial y esperé a
que mi ángel dejara de hablar con otro que había traspasado la puerta un
momento atrás y en compañía de lo que sospeché, era un alma recién
desencarnada, ya que miraba hacia todos lados sin entender donde se encontraba.
Le señalé el cartel de las bienvenidas y eso pareció tranquilizarla.
—Vamos —dijo después de la charla.
Mientras caminaba y de curioso nomás, vi como el ángel
y el alma se acercaban hasta el ángel del escritorio, no alcancé a oír lo que hablaban,
pero vi como el ángel del escritorio, abriendo un cajón sacaba una enorme pila
de pergaminos y las colocaba frente al otro ángel, sobre los pergaminos apoyó
una pluma y al lado un frasquito de tinta y le hizo un gesto para que comenzara
a escribir.
Traspasamos el velo de la nube y vi el paisaje más
bello que ojo humano pudo ver jamás, y desparramadas por todos lados las almas
de los fieles, grandes y pequeños, hombres y mujeres, ir y venir manteniendo
largas y agradables conversaciones, libres de toda preocupación. Vestían túnicas
blancas y sobre sus cabezas coronas, algunas muy grandes que parecían encorvar
a quienes las llevaban y otras tan pequeñas que debí mirar con atención para
descubrirlas; cientos de ángeles con apariencia de niños y cintas de colores en
las manos volaban sobre ellos.
El jardín era extenso, pero tenía fin; más allá vi
muchas edificaciones.
— ¿Qué son esos edificios? —pregunté.
—Vayamos allí y que tus ojos lo vean —respondió el
ángel, extendiendo su mano hacia mí.
Como en un torbellino me trasladé hasta aquellas
edificaciones, eran más grandes de lo que había sospechado al verlas desde
lejos.
—Ven y mira —dijo entrando a una de esas formidables
construcciones.
Vi un ángel muy alto y de cabellos dorados subiendo
una escalera apoyada contra una biblioteca que parecía interminable, llevaba en
una de sus manos muchos libros, con la otra se sostenía del larguero. Me sonrió
al voltearse y descubrirme en el hueco de la entrada. Colocó los libros en uno
de los estantes y dijo a mi ángel algo en una jerigonza extraña; mi ángel le respondió
en esa misma desconocida lengua.
—En esta biblioteca se guardan las historias de la
vida de cada habitante de la tierra desde Adán y Eva; él las custodia —señaló al
ángel de cabellos dorados—, también las redacta con la ayuda de algunos ángeles
amanuenses, ellos están aquí, no puedes verlos porque son invisibles, este
trabajo debe hacerse en secreto, por algunas vergüenzas que deben escribir.
Se despidió del ángel en el mismo galimatías con el
que había hablado al llegar.
—Es lenguaje angélico, él no conoce otras lenguas;
nunca ha salido de este lugar, tampoco los invisibles.
Me explicaría un poco más tarde; mientras nos
alejábamos de aquella biblioteca celeste.
Entramos a otro edificio, allí había dos ángeles, ambos
estaban detrás de un largo escritorio y parecían entretenidos con un pequeño
objeto que apenas se adivinaba en la mano de uno de ellos.
— ¡Gloria! —saludó mi ángel.
— ¡Bienaventurados! —respondieron ellos al unísono
y con el mismo sobresalto; el que tenía el pequeño objeto en la mano lo arrojó
a un lado y lo movió con el pie hasta esconderlo debajo del escritorio.
— ¿En qué podemos ayudarlos? —preguntó, con el
rostro todavía ruborizado.
—Creo no ser yo quien necesita ayuda; sigan así y
terminaran barriendo las calles de oro y cristal del cielo, o lo que es peor,
terminarán confinados al lugar innombrable.
Mi ángel me miró.
—Aquí, se supone, deberían clasificarse las
oraciones según procedencia, motivo, necesidad y urgencia; lo triste es que
cuando las respuestas llegan tarde o no llegan, no es a estos buenos para nada
a quienes echan la culpa.
Salimos de allí y mi ángel continuó hablando.
—Son buenos ángeles, pero se entretienen gastando
bromas a otros ángeles y a las almas redimidas del Paraíso.
Mientras caminábamos, vi un edificio más alto que
los otros, me sorprendió que no tuviera ventanas ni puertas.
— ¿Qué es aquel lugar? —pregunté con verdadera
curiosidad.
— ¿Soportarán tus oídos la respuesta a esta
pregunta? —comenzó a decir mi ángel con voz grave—. ¿Puedes entrar a los
grandes misterios de este lugar sin ser absorbido por ellos? ¿Quieres realmente
escuchar mi respuesta, aun cuando tus sentidos no puedan comprenderla?
—Sí —respondí para sorpresa de mi ángel.
Seguramente no me mentía, se supone que los ángeles
no deben mentir; pero tuve la sensación de que su respuesta escondía un secreto
demasiado recóndito y antiguo y estaba dispuesto a descubrirlo.
Hasta aquí este interesante avance, para saber cómo
continúa mi maravilloso viaje, adquiera el libro “Solamente a mí me podía suceder (Un breve vistazo del Cielo y el Infierno)” en
su librería amiga.
Y recordad: El dinero bien destinado nunca es gasto
sino inversión. (2Rodolfo 63:48)


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